Recepción, dígame (X) ― El clínec

August 24th, 2008

Aviso a navegantes

Enmiendo este post a fecha de 25 de agosto porque alguien se ha sentido muy, pero que muy ofendido. Y cuando digo “muy”, quiero decir mucho más que “muy” pero, como “muy” es un adverbio que no admite sufijos aumentativos, tengo que conformarme con estas tres letras y lo que los tres fonemas que representa son capaces de transmitir.

Mis fieles lectores sabéis de sobra que siempre he llevado el máximo cuidado en no mencionar nombres ni otros datos identificativos pero, desafortunadamente, no todo el mundo sabe reconocer una caricatura cuando la ve. Dicen que a buen entendedor, pocas palabras bastan, pero yo me permito añadir que al mal entendedor le basta una sola para montar en cólera.

Acabo de volver del hotel. He ido a firmar la sentencia y a despedirme. Aunque iba dispuesto a que la ruptura a esta relación de tres años fuera lo menos dramática posible, no ha podido ser. Me duele, sobre todo por los grandes amigos que dejo allí, pero desde hoy soy persona non grata en esa empresa. Yo, que jamás me he peleado con nadie, y no por falta de motivos. Será que soy flojo de carácter, que me falta mala leche o que creo en el karma tanto como Earl pero, en los veinticinco añitos que llevo en este planeta, siempre he pensado que, si uno no quiere, dos no se pelean y que el tiempo y FSM ponen a cada uno en su lugar. Como digo, me duele, porque quien me conoce bien sabe que ésa no es mi manera de ser ni de proceder, pero no guardo rencor porque el rencor sólo produce úlceras sangrantes y mi salud gastrointestinal es lo primero.

Se me pide que olvide el tiempo que he pasado en la empresa. Aunque he dado mi palabra de que lo haré, me temo que por primera vez me voy a ver obligado a faltar a mi palabra a esa empresa. Imposible olvidar muchos momentos, buenos y malos, que he pasado detrás de ese mostrador. Imposible olvidar las muestras de compañerismo y de eso que no sé cómo se llama pero es justo lo contrario. Imposible olvidar a los clientes que, año tras año, te van abriendo su corazón y hasta te invitan a una cerveza. Imposible olvidar también a los clientes que esperas que se vayan pronto por donde han venido, whaddya gonna do? Imposible olvidar todo lo que he disfrutado y sufrido entre faxes, facturas, maletas y paellas. Imposible borrar lo que he aprendido viéndome obligado a inventarme soluciones en momentos de crisis, a improvisar disculpas en situaciones embarazosas, a salir del paso yo solito en los cientos de horas que he pasado en ese hotel como único empleado de servicio. Y, como digo, no sólo no puede ser, sino que además es imposible. Tal vez el tiempo difumine los recuerdos de esos años al otro lado del mostrador y, con suerte, me queden sólo los buenos momentos. Por ahora, eso no va a poder ser, ya que parece que fue ayer cuando hice mi último turno en recepción. Un momento, es que fue ayer.

En días próximos, cuando se vayan enfriando las cosas, iré contando cómo ha sido mi marcha de la empresa. No quiero hacerlo ahora a sangre caliente porque sé que diré cosas que luego querré borrar. Porque si no me muerdo ahora la lengua, puedo hacer daño a una empresa de la que depende el sustento de muchos amigos que no tienen la misma suerte que yo de poder irse con la música a otra parte. Porque dejaría en evidencia a muchas otras personas que, aunque tal vez lo merezcan, no van a conseguir hacerme segregar ni una gota de veneno. Yo el veneno me lo dreno día a día. De no ser así, no habría aguantado tanto tiempo en esa empresa sin morder a alguien. Aunque sólo he trabajado allí en la temporada de verano, los dos o tres meses que he pasado allí cada año han sido suficientes para provocar situaciones en las que uno no sabe si rezarle a FSM, llamar a la Meretérita o a los Cazafantasmas. If there’s something strange in your neighborhood. Who ya gonna call? Ghostbusters!

Me voy con media sonrisa en la boca y media lágrima en el ojo derecho. Pero, eso sí, me voy con la satisfacción de haber dado a esa empresa más de lo que ella me ha dado a mí. Alguien con otro carácter lamentaría el desequilibrio entre el “haber” y el “debe” moral de este desigual resultado pero para mí, como digo, es una satisfacción. Es una satisfacción porque me suele importar menos que nada lo que la gente piense de mí y sólo tengo que rendir cuentas ante mí mismo. Ya le gustaría al hotel tener algo tan limpio como mi conciencia.

En mi vida he trabajado en tres empresas. En la primera estuve dos años y se terminó de la mejor manera posible, con todas las puertas abiertas y varias ofertas para volver, la última hace pocos meses. En la segunda trabajé los días que duró la temporada y me paso con regularidad a saludar a los amigos que hice allí. El hotel ha sido la tercera y, si año tras año me han vuelto a llamar, sospecho que no lo hice tan mal y que mi rendimiento superó con creces las previsiones de la empresa. De hecho, a pesar de irme voluntariamente, ayer se me dejaron todas las puertas abiertas. Las mismas que hoy han cerrado de un portazo por el post que ocupaba este espacio. Por suerte me quedan otras muchas a las que llamar.

Voy a ir dando por concluido este post, que en principio sólo pretendía suprimir lo que ponía y he acabado diciendo parte de las cosas que me reservaba para estos días. Aunque sé que de nada sirve, y que de donde no hay no se puede sacar, reitero mis disculpas a quien haya podido ofender. No soy yo muy de herir sensibilidades pero, si lo he hecho, no ha sido mi intención. Este post y su contenido han sido mi válvula de escape durante este último mes y medio para no coger un autobús, irme a la capital de la provincia y empezar a pasearme por las delegaciones de todos los organismos oficiales que podrían hincarle el diente a la empresa. Porque no es mi carácter y, como ya he dicho, por las familias que dependen de esta empresa. De no haber volcado aquí mi frustración, desesperación y desilusión, habría explotado mucho antes y la onda expansiva habría sido devastadora. He ido soltando presión hPa a hPa y esto ha ido amortiguando los efectos del desgaste físico y moral que supone trabajar en esa empresa en esas condiciones. Si no se ha sabido entender, lo lamento. Lo lamento sobre todo por los amigos que tengo o creo tener (y espero seguir teniendo) y por haber puesto a alguno de ellos en una situación complicada. A todos ellos les deseo lo mejor que se le puede desear a alguien, y todos ellos saben a qué me refiero. Especialmente a uno que sabrá darse por aludido y comprender que lo que le deseo a la empresa y lo que le deseo a él como persona son cosas diametralmente opuestas. Confío en que sabrá entenderlo.

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Recepción, dígame (IX) ― El principio del fin

August 23rd, 2008

En estos últimos días he recibido varios cumplidos por parte de algunos clientes. Una señora “de aquí de Madrid” me dijo que prefería pagarme a mí, que conmigo se entendía mejor porque a los otros no los veía muy centrados. Una familia también de “aquí de Madrid” decía en la encuesta que dejamos en las habitaciones que “torsimany es el más cualificado para su puesto”, que había sabido solucionar sus problemas y que estaban muy satisfechos con el trato que habían recibido. Una clienta francesa también me preguntó cuándo estaba yo de turno para pagarme a mí porque “Usted más pjofesional que las chicas. Son simpáticas, pego…”; vamos, que la mujer se fía más de un humilde servidor. Un señor de Jaén/Jaeng, que me ha visto encadenado al mostrador de recepción estos últimos cuatro veranos, tras verme colocarle por teléfono a un potencial cliente un paquete de fin de semana, exclamó “Ereh un maehtro, amigo, ereh un maehtro”. Hace una semana un cabeza de familia “de aquí de Madrid” también me dijo que muy bien todos, pero que yo mejor aún.

Sí, ha sido la semana del feedback positivo. Normalmente los clientes no entran a valorar el rendimiento de los recepcionistas, pero cuando todos acaban acudiendo a ti para que les soluciones pequeños problemas y lo haces con eficacia, a alguno se le escapa algún cumplido y esta última semana ha pasado en demasiadas ocasiones ya. Esto me ha hecho plantearme muchas cosas. Yo ya era consciente de que por una mezcla de preparación, aptitud y experiencia iba camino de convertirme en un recepcionista eficiente, pero tanto piropo no ha hecho más que confirmarme que valgo más de lo que me pagan en este hotel.

En este hotel los recepcionistas no duran mucho. Ha habido casos de abandono durante el primer mes, gente que se ha ido a su casa durante su turno por presenciar comportamientos que nadie tiene por qué aguantar, otros que han aprovechado las horas muertas en temporada baja para prepararse para otro trabajo… Para mí esto no ha sido más que un trabajo de verano. El primer año me lo tomé muy en serio, pero acabé descubriendo que era nadar contracorriente. El segundo verano me lo tomé con más calma. El tercer verano había habido algunos cambios en la empresa y recuperé parte de la ilusión para acabar comprobando que, como en la canción de July Churches, la vida sigue igual. Vamos, más de lo mismo.

Este cuarto verano volví al hotel ya por inercia. Resultaba más cómodo volver al hotel de los líos que ponerme a buscar trabajo, así que cuando me llamaron para preguntarme si podían contar conmigo dije que sí sin pensarlo demasiado. Me consolaba pensar que éste sería el último verano tras ese mostrador, que podía aguantar dos meses y olvidarme para siempre de un trabajo de mierda con un sueldo de mierda. Me equivoqué. Me equivoqué y el jueves enmendé el error:

Jueves. 9:00 AM. El director-contable-chico para todo entra por la puerta. Llevo sin verlo cinco días. Entre uno que libré yo, dos que se fue él a casa antes de que yo entrara y dos que ha librado él, no había tenido la oportunidad de hablar con él cara a cara. Entra por la puerta (¿por dónde si no?), lo saludo, me saluda, pone cara de susto al ver el bulto que hace su carpeta tras dos días sin venir y empiezo a comentarle todo lo que ha ocurrido en su ausencia y que requiere su atención inmediata. Cuando termino, añado:

―Y, por cierto, yo me voy.
―¿Adónde?
―A mi casa. Me voy de la empresa.
―¿Y eso?
―¿De verdad quieres que te lo diga?
―Hombre, algún motivo tendrás.
―Bájame un paquete de folios y te lo pongo por escrito.
―No, chico, dime lo más gordo de viva voz.
―Por dignidad, por amor propio, por salud mental, por tugal y por celana.
―Te tengo dicho que no me hables en rumano, que no te entiendo.
―Lo siento, boss, pero “dignidad”, “amor propio” y “salud mental” son español, aunque comprendo que por estas latitudes todo eso os suene a arameo.
―Lo que tú digas. Entonces, ¿no piensas cumplir tu contrato?
―La empresa tampoco cumple mi contrato. ¿Por qué se espera de mí que yo sí lo haga?
―¿Cómo que no? Tu contrato es un contrato completamente legal. ¿Qué es lo que no cumple la empresa?
―¿Legal? ¿Te refieres a que no me estabas apuntando con un AK-47 cuando lo firmé? Porque si llevo ese contrato, mi nómina, los turnos y una copia del convenio a la Inspección de Trabajo, seguro que algún señor con corbata discreparía y pronto se pasarían más señores con corbata a comprobar la legalidad de los contratos de esta empresa. Bueno, de los que hay, que los que no existen también les harían mucha gracia.
―Bueno, lo que tú digas… ¿No vas a cumplir el contrato?
―Y dale. ¿Quieres que lo cumpla? ¿Quieres que trabaje 40 horas a la semana en lugar de 50? ¿Quieres que me tome el descanso de 30 minutos que no he tenido nunca? ¿Quieres que cobre un 50% más de lo que me pagas? ¿Quieres que deje de hacer el trabajo de otros para hacer sólo el que pone en mi contrato?
―Hombre, si te pones así…
―Repito, ¿quieres que cumpla mi contrato? Puedo cumplirlo, pero antes del domingo me habrías despedido. Por eso ya te adelanto yo que el domingo es mi último día. Así te ahorro el mal trago de tener que despedir a alguien.
―Tú dirás lo que quieras, pero tu contrato es un contrato legal.
―Claro que sí, dueñoyseñordetodaslascosas, si el contrato en sí no tiene nada de malo pero, si no hago las horas que pone en él, si desempeño funciones que no me atribuye el contrato y cobro mucho menos de lo que pone ahí, por muy legal que sea, a mí no me convence. Vamos, que un humilde servidor ya no quiere trabajar 50 horas a la semana por 1.075 euros al mes, ¿capisci?
―Bueno, si quieres irte, vete, que aquí no retenemos a nadie en contra de su voluntad, pero que sepas que tendrías que haber avisado con quince días de antelación.
―Llevo mes y medio diciéndote que me voy, que como no cambie la cosa no aguanto. Cuando ya es verdad que no aguanto más, te doy cuatro días por cortesía.
―Yo pensaba que todo este tiempo lo decías en broma.
―No, bwana, cuando estoy de broma suelo reírme. Cuando tengo la vena del cuello a punto de estallar, los ojos en blanco y los párpados del revés es porque estoy hablando muy en serio. Me parece que todo este tiempo has estado confundiendo sonreír y enseñar los colmillos.
―Mira, te repito que aquí no retenemos a nadie en contra de su voluntad.
―¡Faltaría más! Aunque, bien pensado, con todas las leyes que se incumplen aquí, un secuestro tampoco agravaría mucho la cosa. ¿Qué es una raya más en el lomo del tigre?
―Déjate de metáforas que aún no he desayunado. ¿Pero todo eso no lo sabías tú ya cuando firmaste el contrato?
―Claro que sí. Lo sabía de los tres veranos anteriores, pero resulta que los tres veranos anteriores necesitaba el dinero más que ahora. Este año he hecho algún trabajillo por aquí, estoy a la espera de cobrar alguno de ellos y la semana pasada me hicieron un encargo por valor de más de lo que me vas a pagar en el tiempo que me queda, así que debes entender que, entre seguir tragando mierda en esta empresa y trabajar en lo que me gusta, sin jefe y desde casa, opte por esto último. Gano más dinero y, sobre todo, gano en salud.
―Bueno, pues haz lo que quieras.
Tenlo claro.

En realidad el jefe y yo nos llevamos muy bien pero, como es normal, a él le toca defender los intereses de la empresa. Y a la empresa le interesa que yo siga trabajando allí. En el MundoReal™, las empresas que quieren conservar a los buenos empleados les pagan más y/o les tratan bien para que no sientan la tentación de marcharse. En el Hotel Lamugre, al buen empleado se le dan más tareas todavía y se le sigue pagando lo mismo. Por eso los buenos empleados escasean y quien lleva mucho tiempo en la empresa reza todos los días por una primitiva o una oferta en otro sitio.

El resto de la mañana transcurrió con normalidad. Bueno, con anormalidad, pero la anormalidad es lo normal en esta empresa. El jefe subió al despacho a llorar un poco, como hace todos los días antes de ponerse a trabajar y, cuando volvió a bajar, siguió comportándose como si nada hubiese sucedido. A media mañana vino un chico a hablar con él y media hora después me lo colocó tras el mostrador para que fuera instruyéndolo. ¡Pobrecito! No sabe dónde se mete, pero ya lo descubrirá. Espero que lo descubra antes de firmar, antes de casarse con la empresa, antes de que sea demasiado tarde. ¿Debería darle la dirección del blog?

Ahora que lo pienso… ¿mi sustituto? Si a mí me quedaban tres semanas de contrato y tres semanas es lo que tarda un joven recluta en aprender el noble arte de la guerra, ¿no será que se marcha (o marchan) alguien más y yo no me he enterado? Menos mal que me quedarán varios amigos en la empresa que me tendrán al tanto de los detalles escabrosos. Yo recibiré las noticias desde una isla tropical, tumbado en una hamaca con vistas al mar, bebiendo mojitos y metiéndole mano a un par de mulatas. No, las recibiré sentado ante el ordeñador, torturando a mis lectores (a los dos) con este blog y trabajando en el encargo que me ha decidido a mandar al Hotel Lamugre a tomar viento fresco. O aire fétido.

Buceando en flickr en busca de un afoto para ilustrar este post, he encontrado Departure, de scene*s. Ahora que yo salto por la borda y me da la sensación de que el barco se va a pique, no sé si regalarle al capitán un flotador para que se salve del hundimiento.

¡Sálvese quien pueda!

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Recepción, dígame (VII) ― La primera impresión es la que cuenta

August 19th, 2008

Lo primero que se suele ver de un hotel es la recepción. La impresión que se lleve el cliente es probablemente la que le hará decidir si se queda o si sigue buscando algo mejor. En el hotel donde trabajo cuidamos hasta el más mínimo detalle para que el cliente sepa lo que se puede encontrar en el resto del establecimiento. Para que os hagáis una idea de lo detallistas que somos, la última vez que limpié el teléfono una hija de uno de los propietarios preguntó si nos lo habían cambiado. Ella lo recordaba de otro color.

Un fax cubierto de roña, una buena maraña de cables saliendo del ordenador y un par de plantas mustias dejan bien claro a nuestros clientes el tipo de hotel donde han ido a parar. Ya puede uno esforzarse en poner cada cosa en su sitio, en cambiar las máquinas de color, en ir quitando el polvo de aquí y de allá… siempre habrá algún compañero que devolverá las cosas a su estado natural y siempre habrá algún cajón o estante donde se puedan encontrar compresas, revistas del corazón y tiras de cera para depilarse el bigote:

Inventario

  • Un protector labial
  • La llave de un coche
  • Un mechero
  • Un donut
  • Un papel arrugado
  • Dos clips
  • La tira de un sobre con cierre autoadhesivo
  • Un juego de llaves con zapatito y brillo de labios incluidos
  • Un estuche con un cepillo de dientes y un tubo de pasta
  • Papeles varios fuera de su sitio
  • Las llaves de dos habitaciones
  • La llave de la máquina de snacks
  • El mando de un aparato de aire acondicionado que no tendría que estar en medio sino con sus otros hermanitos

Así me encontré mi puesto de trabajo el sábado a las 14:00. Mientras hacíamos el cambio de turno, aún albergaba la esperanza de que mi compañera tuviera un mínimo de decencia y recogiera sus trastos antes de irse. ¡Qué iluso! Se fue para no volver y así me dejó el chiringuito. La solución: coger una bolsa de basura, meterlo todo dentro y depositarla en un rincón oscuro del mostrador.

Y no, no es la primera vez, ni siquiera la más catastrófica. Esta Semana Santa me encontré mi puesto de trabajo con este aspecto:

En esta ocasión, la decoración del mostrador se componía de los siguientes elementos:

  • Unas planchas de alisar pelos
  • Un paquete de Nobel
  • Una cámara de fotos
  • El cargador de la batería de la cámara
  • Un vaso de tubo vacío
  • Un CD
  • Un iPod Nano
  • Un cargador de móvil
  • Un bolso a los pies de la silla
  • Dos balones de goma en el suelo

Y mucho cuidadito con decir algo, que luego resulta que uno es un quejica, un maniático, que no tolera un descuido, que quiere que todo se haga a su manera… Sí, y también adoro a Satán y mato gatitos.

¡FSM mío! ¿Por qué me has abandonado?

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Recepción, dígame (VI) ― Ortografía (cómo escribir con el orto)

August 18th, 2008

Cualquier persona normal, el hombre de a pie, la gente de la calle, pensaría que para trabajar en la recepción de un hotel es requisito indispensable saber escribir. Nada más lejos de la realidad. Se puede ser prácticamente analfabeto y trabajar como recepcionista:

―Hola, buenas tardes.
―Si usted lo dice…
―Mira, que tenía reservadas dos habitaciones.
―¿A qué nombre?
―Orfelina Nebrera.
―Un segundo y la busco en el ordenador.

Se produce un silencio incómodo mientras busco la reserva.

―¿Nebrera? ¿Seguro que la hiciste a ese nombre?
―Tan segura como de que me llamo Orfelina.
―Te acompaño en el sentimiento.
―¿Cómo dices?
―Que no la encuentro, lo lamento. Voy a buscar por fecha de entrada.

Ordeno las reservas por fecha de entrada y encuentro dos habitaciones a nombres parecidos.

―Tengo dos habitaciones a nombre de Orfelina Ledrera y Orfelina Pedrera. Las fechas coinciden. Supongo que quien te hizo la reserva no lo oyó bien y lo pondría de dos manera distintas for if the flies.
―No, si me preguntó cómo se escribía y se lo deletreé.

Miro quién hizo la reserva y lo comprendo todo.

―Ahora lo entiendo todo.
―¿Cómo?
―Nada, que ya se ha arreglado todo.

Quien no haya entendido el título del post, que se pase por este otro.

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Recepción, dígame (V) ― No me salen las cuentas

August 17th, 2008

Seguro que alguien con amplios conocimientos sobre gestión de establecimientos hoteleros sabría explicarme el misterio del que voy a hablar, pero yo le he dedicado largas horas de profunda reflexión y aún no he logrado descifrarlo.

Hotel tirando a cutre de un pueblo tirando a cutre de la costa alicantina. Unas seis docenas de habitaciones declaradas y un puñadito más de extranjis. En total, algo más de 160 plazas. Plantilla fija: 16 empleados, la mayoría en régimen de semi-esclavitud remunerada.

La plantilla fija se compone de los siguientes pobres desgraciados:

  • Un director-contable-chico para todo. Le pagan muy bien para comerse muchos marrones, hacer el trabajo de dos personas y mantener un precario equilibrio entre las distintas fuerzas que azotan el hotel. Dicen que cuando está a solas en el despacho llora desconsoladamente y maldice el día en que dejó de ser contable para convertirse en director-contable-chico para todo. Si no cambia de trabajo, morirá de un ataque de asco antes de cumplir los 50. Nadie lo ha visto jamás enfadado.
  • Tres camareras de pisos. Limpian las habitaciones (algunas), retiran salchichones de los armarios y recuperan vestidos desaparecidos.
  • Cuatro recepcionistas. Tres a tiempo completo y uno para trabajar los días que libran los tres titulares (uno a la semana, ni más, ni menos).
  • Una camarera para el salón de desayunos.
  • Dos cocineros, un pinche y una freganchina.
  • Tres camareros. Uno de ellos (uno de los propietarios), con un horario de trabajo que nadie alcanza a comprender. Digamos que es como el Guadiana. En época de sequía. Durante una ola de calor. A mediodía.

En temporada alta, los días de más trabajo, la plantilla se refuerza con los siguientes extras:

  • Una camarera de pisos.
  • Una camarera para el salón de desayunos.
  • Un cocinero, un pinche y una freganchina.
  • De dos a cuatro camareros.

Vuelve a leerlo. Ve departamento por departamento. ¿Notas algo extraño?

Unos 200 días de los 365/366 que tiene el año, todos los empleados, sin excepción, se tocan sus partes pudendas a dos manos. Si hay ocupadas 4 habitaciones en una fría y húmeda noche de invierno, os podéis imaginar que el recepcionista de noche no está precisamente agobiado de trabajo; podría arropar uno por uno a todos los huéspedes y leerles un cuento antes de dormir. A la mañana siguiente las camareras de pisos tienen tiempo de limpiar las habitaciones con pincel y la recepcionista podría hacer las facturas a mano y con buena letra; sin faltas de . Si un miércoles de octubre sólo comen dos personas en el restaurante, salen a más de tres empleados por cliente. Buena ratio, ¿no? Serán los comensales mejor atendidos del mundo. En el departamento unipersonal de administración no hay demasiado que hacer. Podrían hacerse tareas de preparación para la temporada alta que no se hacen porque los propietarios, que al fin y al cabo son los que mandan de verdad, son gente de su tiempo que vive el presente. En temporada alta tampoco aumenta tanto el volumen de trabajo. Bueno, sí que aumenta, pero no como para que haga falta una segunda persona. Además, su presencia tampoco es indispensable por mucho trabajo que haya, sino que casi cualquier tarea administrativa se puede dejar para el día siguiente y muchas cosas se pueden resolver por teléfono desde casa.

Ahora bien, esos más de 150 días restantes el hotel funciona a un rendimiento de entre el 50 y el 100%. Son los fines de semana de los meses en los que empieza a hacer calorcito, los días que hay algún acontecimiento deportivo en el pueblo, la puta Semana Santa, los puentes y la temporada alta. En esos días se genera la mayor parte de los ingresos del hotel. Con el botín la recaudación del día después a un lleno total pagas la nómina de un mes de todos los recepcionistas juntos.

¿Te has dado cuenta ya? Efectivamente, la plantilla de recepción es exactamente la misma todos los días del año. Da igual que haya 5 personas alojadas o 150. Da igual que el botín la caja del día sea de 100 o de 5.000 euros. Da igual que haya 1 o 50 entradas/salidas. El recepcionista siempre está solo. El pringao al que le toca una mañana de domingo puede llegar a hacer 50 facturas en un intervalo de dos horas. Le puede sonar el teléfono 200 veces, sin exagerar. Le pueden entrar 15 faxes. Pueden venir 50 personas a pedir información. Puede tener que tomar nota de 10 reservas para el restaurante porque allí todavía no hay nadie o el personal está comiendo o no oye el teléfono. Puede que el ascensor se ponga a llorar y tenga que subir en media hora dos veces siete pisos a patita hasta el cuarto de máquinas para consolarlo. Puede tener que soportar las quejas de 5 clientes a los que no les funciona bien el aire acondicionado, otros 2 que no tienen agua caliente, otros 3 que quieren una almohada más, otros 4 a los que no les han cambiado las toallas y alguno más al que no le han repuesto el gel de ducha. Puede tener que salir hasta el parking porque la puerta no quiere abrirse o ha saltado el automático. Mientras tanto, la garrafa de 10 litros que recoge el agua del aparato de aire acondicionado se ha llenado ya cuatro veces y cada vez tiene que ir al baño a vaciarla. Le han pedido siete veces cambio para tabaco y el mando de la máquina. Ha subido a encender el aire acondicionado del salón de televisión. Ha subido a apagar el aire acondicionado del salón de desayunos que se han dejado encendido por la mañana. Ha subido a rescatar una lata atascada en la máquina de los refrescos. Ha tenido que mirar los horarios de tres líneas de autobús en intenné. Se le ha bloqueado el programa dos veces. Se le han acabado los folios y tiene que subir a la oficina a coger un paquete (de folios). Se le han acabado las tarjetas y vuelve a subir a la oficina a bajar más. Ha cambiado el tóner de la impresora del restaurante. Ha transferido 50 llamadas para otros empleados del hotel, la mitad de las cuales (o más) son personales. Ha llamado a la grúa para que se lleve un coche de la zona de carga y descarga. Ha enviado dos faxes reclamando el pago de facturas pendientes (espera, ¿no había un director-contable-chico para todo?). Ha espantado a dos o tres comerciales de empresas de telecomunicaciones. Ha explicado 35 veces cómo llegar a la playa. Ha informado de la ubicación exacta de 7 entidades bancarias a clientes del hotel. Ha informado a tres clientes de los días de mercadillo. Ha despertado a la camarera de desayunos a las 7.15. La ha vuelto a despertar a las 7.55 cuando debería estar a punto de abrir y parece que sigue durmiendo a moco tendido. Ha cuadrado una caja por importe de cuatro veces su nómina mensual. Ha contado el dinero de la caja dos veces, al llegar y antes de irse. Ha comprobado en el buzón de correo que durante la noche han entrado más 3.000 (lo juro) e-mails de los cuales el 99,99% son spam.

Todo eso, y mucho más, forma parte de un día normal de agosto en la recepción de un hotel tirando a cutre de un pueblo tirando a cutre de la costa alicantina. Como habréis podido observar, el volumen de trabajo aumenta proporcionalmente según el número de clientes alojados. La plantilla sigue siendo la misma. Una explicación quiero.

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Carácter latino

August 16th, 2008

Que los países latinos tenemos mucho en común es indiscutible. Que tenemos distintas maneras de expresar parte de nuestra cultura compartida, salta a la vista.

  • Motero italiano

Se alojó la noche del jueves en el hotel. Tuve que salir corriendo detrás de él (y de la ¿moto?) porque la del canalillo y él se dejaban los documentos de identidad.

  • ¿Motero? rumano

Como no hay presupuesto, se tunea la bici para convertirla en esa obra de ingeniería de la que ya hablé hace unos meses.

Como curiosidad, ambas fotos están tomadas a través de un cristal. El de la puerta de la recepción del hotel en el primer caso y el tranvía 41 de Bucarest en el segundo.

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Correos (¿aquí?) vs DHL

August 15th, 2008

Ya sé que las comparaciones son odiosas. Lo hemos oído tantas veces que acabamos soltándolo a la más mínima, aunque no por eso deja de ser cierto.

La comparación de la que nace este post es entre dos servicios similares, Correos (¿aquí?) y DHL. Os pongo en antecedentes:

Caso A: Un lunes sale una factura por Correos (¿aquí?) desde el hotel donde me explotan trabajo a un pueblo de Almería. A media semana me llaman y digo que salió el lunes. El viernes me vuelven a llamar y repito que salió el lunes. El lunes me llaman y digo que salió el lunes de la semana anterior, que estará al caer. El miércoles me vuelven a llamar desesperados y repito que salió el lunes de la semana anterior, que debe de haberse extraviado y que la volvemos a enviar, esta vez urgente y certificada.

Caso B: Tienen que enviarme tres DVD desde Bucarest. Me dicen que saldrán el jueves y yo calculo que llegarán el sábado. Maldigo mi suerte porque di la dirección del trabajo y, como el sábado tengo turno de tarde, hasta el domingo no podré ponerme manos a la obra. El jueves, antes de las once, un mensajero de DHL se me planta delante del mostrador. “Qué casualidad, algún cliente esperará algún envío”. “¿Señor torsimany?”, pregunta el mensajero. “No puede ser”, pienso yo. Me entrega un paquete que viene de Bucarest, firmo y se va. Miro cuándo salió el paquete de su origen: 16:15 del día anterior.

Resumiendo: Correos (¿aquí?) no es capaz de llevar un sobre de 22×11 cm y pocos gramos de Santa Pola (crisol de culturas) a Almería en menos de 10 días y DHL hace llegar un sobre de 27×35 cm y medio kilo de peso de Bucarest a Santa Pola (crisol de culturas) en menos de 24 horas. Ya sé que el coste de DHL es aproximadamente 200 veces superior al de Correos (¿aquí?) pero, ¿por qué no podemos tener un servicio de Correos (¿aquí?) medianamente eficaz? ¿Por qué nos sorprendemos cuando una carta ordinaria llega a su destino en menos de una semana? ¿Por qué cruzamos los dedos y apretamos los esfínteres cuando echamos una carta al buzón?

En este avión trajeron mi paquete. Ya me imagino al mensajero rumano corriendo por la pista del aeropuerto diciendo: “¡Parad, parad, no despeguéis todavía, que llevo un paquete para torsimany!”

Y en este vehículo están llevando la carta al pueblo de Almería. El cartero irá ya por Cartagena, si va por la costa, o por Alhama de Murcia, si va por el interior. Como tendrá que ir parando para entregar otras cartas urgentes, supongo que para finales de mes la factura habrá llegado a su destino.

Sólo me consuela pensar que hay casos peores. Ya se sabe, mal de muchos, ganancia de pescadores. ¿O a río revuelto todo son pulgas? ¿O perro flaco, consuelo de tontos? Os dejo, que ya es la hora de la pastilla.

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Recepción, dígame (IV) ― De aquí de Madrid

August 14th, 2008

  • Supuesto A

―Hotel Lamugre, buenos días.
―Hello, do you speak English?
―Yup.
―Thank FSM Almighty! Do you have any vacancies from September 31st to October 3rd?
―Yup.
―I would like to book a single non-smoking room, then. My name is Gromenauer.
―Okey, dokey, Mr Gromenauer.
I’m a lady.
―Okey, dokey, Mrs Gromenauer.
―Miss Gromenauer!
―No me extraña.
―I beg your pardon?
―See you on September 31st.
―Thank you very much.
―You’ll regret it.
―What?
―You’re welcome.
―Good bye.
―Good bite.

  • Supuesto B

―Hotel Lamugre, buenos días.
―Bonjour, parlez vous français?
―Biensure! Tome nota: champignon, camembert, Dom Perignon, foie gras, café au lait, croissant, excusez moi, Toulouse-Lautrec, roquefort, Montpellier, vol-au-vent, la Marseillaise, crème fraîche, Notre Dame, c’est la vie, Champs-Élysées, s’il vous plaît, garçon, prêt-à-porter. ¿Le vale con eso o sigo?
―Bon. Queguía haseg una guesergvasión de una chambre matrimoniale del vingt-cinq de augusto al trente de augusto.
―¿Fumador o no fumador?
―Non fumeur.
―¿Me dice su nombre, por favor?
―Monsieur Olalá.
―Su reserva ya está hecha, señor Olalá.
―Merci beaucoup.
―De nada.
―Au revoir!
―Eso, eso.

  • Supuesto C

―Hotel Lamugre, buenos días.
―Buenos días, le llamo de aquí de Madrid.
―Y yo le contesto de aquí de Santa Pola, crisol de culturas.
―Es que somos de aquí de Madrid y queríamos ir a pasar unos días allí.
―Nadie es perfecto.
―¿Cómo dice?
―Que me parece perfecto. ¿Le puedo ayudar en algo?
―¿Qué nos costaría una habitación para dos personas diez noches?
―Chorrocientos euros, con cincuenta.
―Ah, bueno, pues guárdeme una, que vamos a ir de aquí de Madrid para allá.
―¿En alguna fecha concreta o así en general?
―Ay, sí, ¡qué cabeza la mía! Del 15 al 25 de agosto. Es que aquí en Madrid hace mucho calor y vamos a ir allí a pasar unos días.
―¿A qué nombre la ponemos?
―Onesífora Domínguez, de aquí de Madrid, para servirle a FSM y a usté.
―Bueno, pues ya está hecha su reserva.
―Oiga, una pregunta.
―O dos, le voy a cobrar lo mismo.
―¿Cómo está el tiempo por allí?
―Pues ahora mismo tenemos 32º Celsius o, lo que es lo mismo, 90º Fahrenheit, no sé qué escala usan allí en Madrid, humedad relativa del 70%, una ligera brisa dirección suroeste a 2 km/h, presión barométrica relativa de 1006,2 hectopascales… ¿Algo más?
―Pero hace bueno, ¿no?
―Sí, hace bueno.
―Es que aquí en Madrid está haciendo un calor…
―Claro, la ciudad, el asfalto, el tráfico…
―No, si nosotros estamos en Villaconejos, a 50 kilómetros de Madrid.
―¡Aich!
―¿Mande?
―Esto… ¿Desea algo más?
―No, ya está. El día 15 saldremos de aquí de Madrid por la mañana y llegaremos a la hora de comer si no pillamos atasco.
―Pues nada, que la Fuerza les acompañe. Hasta el día 15.
―Hasta luego. Saludos de aquí de Madrid.

En el supuesto A el cliente consigue hacer una reserva sin hacer mención alguna a su procedencia. Una vez en el hotel, Gromenauer puede enseñar un pasaporte noruego, irlandés, búlgaro o chiquitistaní y lo atenderemos igual de bien. El cliente tendrá que traer ese día que le falta a septiembre, ya que este mes sólo tiene 30 días y no ni yo me he dado cuenta al escribirlo ni tú al leerlo.

En el supuesto B el cliente consigue hacer una reserva. Al hablar francés da alguna pista sobre su procedencia y las posibilidades de que sea francés, belga o suizo son altísimas. Sin embargo, haremos su reserva aunque sea francés.

En el supuesto C el cliente piensa que la procedencia es relevante. Por ello deja bien claro que llama “de aquí de Madrid”. Lo que el cliente no sabe es que el precio y el servicio para los clientes “de aquí de Madrid” son los mismos que para los clientes “de allí de Palencia”, “de allí de Badajoz” o “de allí de Valdecochinos del Secarral”.

Tendré que proponerle al jefe que instalen en la centralita un filtro de llamadas: “Para reservas de aquí de Madrid, pulse 1; para reservas desde el resto del mundo, pulse 2″. Así los clientes “de aquí de Madrid” podrán quedarse tranquilos y no tendrán que repetir una y otra vez desde dónde llaman. Al 99,83% de la población mundial que no es “de aquí de Madrid” no creo que le importe.

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Recepción, dígame (III) ― El vestido

August 13th, 2008

Un domingo cualquiera, de esos que comienzan con angustia vital y evolucionan con tendencias clienticidas y sociopatía aguda, llego al trabajo, puntual como un reloj idiota (antes de tiempo), a las seis menos cuarto de la madrugada. Tomo posesión de mi puesto de trabajo, me pincho mi dosis de epinefrina intracardiaca y me dispongo a disfrutar al máximo las ocho horas de turno que me quedan por delante.

Las mañanas de domingo son intensas. Las mañanas en agosto son intensas. Las mañanas de domingo en agosto son muy intensas. A pesar de tener el hotel hasta la bandera, la mañana transcurre con aparente normalidad. Gente que viene, mucha gente que se va, efectivo, tarjeta, efectivo, tarjeta, mi nómina de cuatro meses entre mis manos, billetes de todos los colores, el datáfono echa humo. Tras meter el botín la recaudación del día en el sobre de caja, me preparo para ir terminando mi turno y dejarlo todo en condiciones para el compañero que viene detrás cuando…

¡Trimpititrín, trimpititrín!

Como no tengo un martillo a mano y el extintor pesa demasiado, opto por coger el trimpititer:

―Palacio de la Roña, nosdías.
―Oye, mira, escucha (ve, siente, huele, toca, gusta), que es la tercera vez que llamo, mecagüentó. Que estuve allí el otro día y mi churri se dejó un vestido (¡qué dolor, qué dolor!) dentro del armario (¡qué dolor, qué dolor!).
―La cagaste, Burt Lancaster, digo… un segundo, voy a ver si me han dejado anotado algo.

Si es verdad que es la tercera vez que llama y en alguna de las ocasiones ha hablado con algo o alguien que supiera escribir, debe de estar anotado en el cuaderno. Empiezo a acariciar la rueda del ratón y cuando éste ya se convulsiona de placer, varias páginas más arriba, encuentro una anotación que hace referencia al vestido de la churri de este señor.

―Oiga, mirusté, que sí que me lo han dejado anotado. Lo que no me han dejado anotado es si se han limitado a anotar que usted ha llamado o si alguien o algo ha hecho alguna gestión para localizar el vestido de su señora churri. Ahora las cazafantasmas camareras de pisos están comiendo, una manía que tienen ellas, lo hacen todos los días, pero en cuanto el último bocado se deslice por sus esófagos las someto al tercer grado para averiguar si su churri podrá volver a vestirse algún día.
―Te lo agradezco. Llámame cuando sepas algo, hazmelfavor.
―Cuente con ello.

Mejor habría sido decirle “Espere sentado”, pero con el tiempo aprende uno que a veces es mejor mentir a los clientes por su propio bien.

Unos minutos más tarde las exterminadoras camareras de pisos vuelven al tajo. Las interrogo para averiguar cuál de ellas limpió aquella habitación aquel día y me dicen que fue Higinia. Higinia no come con las demás chicas, sino que se va a comer a casa o come escondida, así que tengo que esperar a que vuelva para interrogarla.

Unos minutos (horas para mí) después me llama Higinia desde una habitación para preguntarme no sé qué y aprovecho para hacer la pregunta del millón:

―Higinia, ¿tú no encontrarías por casualidad un vestido en el armario de la habitación 666 hace un par de días?
―¡Qué va! Si lo hubiera encontrado lo habría bajado, ¿nocreestú?

No, no creo yo. Yo no creo más que en FSM todopoderoso, pero eso no se lo voy a decir a ella.

―¿Estás tú segura de eso? Es que el cliente ya ha llamado tres veces y jura por todos los santos del calendario que su churri se lo dejó colgado en el armario. ¿No cabe la posibilidad, por remota que sea, de que olvidaras comprobar el armario?
―Que no, pesao, que en esa habitación no había nada. Llama al cliente y dile que deje de dar la vara, que esa habitación la hice yo y ahí no había ningún vestido.

Empiezo a contemplar la posibilidad de que Higinia olvidara mirar en el armario y el siguiente ocupante de esa habitación tuviera una churri que gastara la misma talla de la churri que olvidó el vestido. Me armo de valor y llamo al cliente para decirle que le vaya comprando unos bombones o unas flores a su churri para compensar la pérdida del vestido, que la consuele diciéndole que, total, como se ha puesto como una jabata al comerse los bombones ya ni entra en el vestido; si se ha comido las flores… bueno, sí se ha comido las flores mejor que no le diga nada, que le eche un polvo de consolación o que la deje por un travesti… No, mejor no le hago esas sugerencias al cliente, no vaya a ser que se me cabree, que hay gente muy susceptible.

―Oiga, señor Maromodelachurriolvidavestidos, que la chica que hizo la habitación dice que no vio nada. Tal vez lo pusieron en otra bolsa, o se lo dejaron en el coche. O puede que su churri lo cambiara por un poco de crack y le dé corte decírselo.
―Imposible. Mi churri jura por todo lo habido y por haber que lo dejó en la percha del armario. El miércoles voy a pasar por allí y os voy a poner una reclamación. No, mejor aún, os voy a poner dos reclamaciones. Total, como es gratis… Me parece increíble que alguien deje algo en el armario y nadie lo vea. Se os va a caer el pelo. Más os vale encontrar el vestido de aquí al miércoles.
―Yo más no puedo hacer. Tal vez se lo llevara el siguiente huésped que ocupó esa habitación.
―¿Cómorrr? Bueno, dile a tu jefe que el miércoles voy para allá. Ya sé que tú no tienes la culpa, sabes bien que te entiendo, pero entiéndeme a mí; espera, por favor, que estemos seguros los dos.
―Se me pasa la vida, se me pasan los años, se me pasa el amor. Ahora decide, anda, vamos, habla, dime.
―¿Qué quieres, que te mienta? ¿Que invente lo que aún no siento?
―Me has hecho perder el tiempo, cobarde sin sentimientos, que no piensas más que en ti. Ahora decide, anda, vamos, habla, dime.
―¿Qué quieres, que te engañe? ¿Que cambie para conformarte?
―Soy yo la que va a engañarte y así voy a demostrarte que a alguien puedo hacer feliz.

Tras felicitarnos mutuamente por recordar de memoria esta mítica canción de Pimpinela y consolarnos el uno al otro por formar parte de una misma generación traumatizada por la popularización del radiocasete en la España de los 80, el cliente reitera su intención de pasarse el miércoles a reclamar y yo le pido disculpas nuevamente por algo en lo que no tengo absolutamente nada que ver.

Mientras termino de hablar con el cliente, se ilumina en el trimpititer el piloto que anuncia una llamada interna. La pantalla señala tres cifras malditas, las del número de la habitación/agujero negro donde desaparecen vestidos de churris.

―Mazmorras, dígame.
―Me. Oye, torsimany, que estoy en la 666 y hay un vestido (¡qué dolor, qué dolor!) dentro del armario (¡qué dolor, qué dolor!).

Me pongo rojo. Me pongo amarillo. Me pongo verde. Me pongo azul. Hago un par de círculos cromáticos completos del derecho y del revés antes de recuperar mi tono paliducho de siempre. Me sale una cana. ¡Poing!

―Un segundo, Clodomira, espera que me cambie el teléfono de oreja. Ya está, dímelo por este oído, que el otro está sangrando.
―Que en el armario de la 666 había un vestido colgado en una percha. Es blanco y rojo, como tú los domingos por la mañana.
―Clodomira, ¿me juras por el cigarrito de después del desayuno que lo que me dices es verdad?
―Y por el de después de comer. ¿No decías antes no sé qué de Higinia y un vestido? ¿Será el mismo?
―No, seguramente dos clientes distintos con dos churris diferentes han olvidado un vestido cada uno en el mismo armario de la misma habitación en dos días consecutivos.
―Puede ser. Cosas más raras se han visto. ¿Te lo bajo?
―Pues ahora no me lo voy a poner, pero bájalo cuando puedas y lo dejo en el cuarto de los ratones.

Clodomira me baja un vestido rojo y blanco y lo deja en el cuarto de los ratones. Yo voy haciendo acopio de valor para hacer una vez más el ridículo en nombre de la empresa. Todo sea por la nómina nuestra de todos los meses. Cojo el trimpititer y le doy a rellamada.

―Oye, que soy el de antes. Escúchame con atención. Tienes sueño. Te estás durmiendo. La cabeza te da vueltas. Te pesan los párpados. Se te cierran los ojos. Un, dos, tres… ¡zas! Ahora mismo vas a meter un huevo en el microondas, vas a cerrar la puerta y te vas a pillar el otro. Del dolor vas a olvidar los últimos diez minutos de tu vida y vas a tener que dar muchas explicaciones cuando te encuentren desmayado en el suelo de la cocina con los calzoncillos por los tobillos, un huevo a la virulé y la puerta del microondas abierta. Cuando despiertes sólo recordarás que la primera vez que llamaste te dijimos que habíamos encontrado el vestido y que pasaras a recogerlo cuando mejor te viniera.

Lo que tiene que hacer uno para ganarse el sueldo…

El armario, ese gran desconocido

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Spam, spam, spam

August 11th, 2008

El spam suele ser molesto. En la mayoría de los casos, esos mensajes que prometen alargar tu pene y venderte relojes falsos suponen una total y absoluta pérdida de tiempo y recursos. A pesar de todo, en ocasiones, el buzón de correo nos sorprende con piezas de un lirismo extraordinario:

divorcee silk divorcee? reub, van divorcee.
divorcee blow prevalent breve kodiak beadle, congratulate
rebuttal skin waybill quitting automatic.

tunnel boycott verge

stalactite divorcee divorcee? van, greenhouse skyward.
period verge chairman dr dr skyward, verge
quitting dreamy lye lye sanatorium.

doze tunnel waive

evans verge van? waybill, dr airmass.

automatic stalactite.

O este otro:

precipice barbarian hannah? hurty, rome handkerchief.
handkerchief ombudsperson bricklaying berman clearheaded dispensate, clearheaded
clearheaded negate cagey negate sprout.

formulae sunshiny ark

troubleshoot classify wack? dispensate, bricklaying patriot.
cagey veritable ombudsperson dispensate barbarian hubbard, jane
clearheaded watchword troubleshoot pillory sunshiny.

patriot patriot pillory

pillory troubleshoot whether? handkerchief, hubbard beggary.

switzer hannah.

Cuando llegas al trabajo a las 6 de la mañana y descargas el correo dispuesto a eliminar diez “Enlarge your penis” y otros diez “Replica watches on sale”, agradeces encontrarte con spam en verso libre.

Estos dos mensajes han llegado esta semana al buzón de correo del hotel. No hay ningún vínculo, no llevan adjuntos con virus y no intentan vender nada. Son un ejemplo de le spam pour le spam. El spam que no pide nada a cambio, el spam cuya razón de ser no es otra más que embelesarnos con su caótica belleza. Gracias, spam.

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